Un libro cosido no se construye hoja a hoja, sino en grupos. Varios pliegos doblados por la mitad se encajan unos dentro de otros y forman un cuadernillo; la suma ordenada de cuadernillos es el bloque. Lo habitual en trabajo manual son cuadernillos de cuatro o cinco pliegos, es decir, de dieciséis o veinte páginas. Con más pliegos el lomo engorda, el doblez interior se abre y las páginas centrales sobresalen por el corte delantero.
El doblez se marca primero con la plegadera y solo después se aprieta. Si se aplasta de golpe, el papel se estira de forma desigual y el cuadernillo queda con el canto en abanico. Conviene plegar contra una superficie lisa, con el pliego apoyado y no en el aire, y comprobar que las esquinas coinciden antes de pasar la plegadera a lo largo del lomo.
Una vez plegados, los cuadernillos se apilan en el orden definitivo y se marca el lomo en diagonal con un lápiz blando: esa línea oblicua atraviesa todos los lomos y avisa al instante si un cuadernillo se ha colocado del revés o fuera de sitio. Es una comprobación de treinta segundos que evita descoser un libro entero.
Comprobaciones antes de perforar
Antes de abrir los agujeros de costura conviene asegurarse de que el bloque está igualado por la cabeza, no por el pie ni por el corte delantero. La cabeza es el canto que el ojo lee como referencia cuando el libro está cerrado; cualquier desviación se nota ahí. Las diferencias en el corte delantero se corrigen después con la cuchilla.