Gerogi

Encuadernar a mano: del pliego doblado a la tapa terminada

Gerogi es un cuaderno de notas públicas sobre encuadernación artesanal. Aquí se describe cómo se arma un bloque de libro, cómo se cosen los cuadernillos, en qué se diferencian la rústica y la tapa dura, qué papeles y colas resisten el paso del tiempo y cómo se repara un libro que ya se ha desencuadernado.

Mesa de taller de encuadernación con una prensa de husillo de hierro y varios libros cosidos a mano con cubiertas blandas de cuero
Una prensa de husillo y un lote de libros recién montados: casi todo el trabajo manual consiste en aplicar presión y esperar.

Cómo se forma el bloque: plegado, cuadernillos y orden de las páginas

Un libro cosido no se construye hoja a hoja, sino en grupos. Varios pliegos doblados por la mitad se encajan unos dentro de otros y forman un cuadernillo; la suma ordenada de cuadernillos es el bloque. Lo habitual en trabajo manual son cuadernillos de cuatro o cinco pliegos, es decir, de dieciséis o veinte páginas. Con más pliegos el lomo engorda, el doblez interior se abre y las páginas centrales sobresalen por el corte delantero.

El doblez se marca primero con la plegadera y solo después se aprieta. Si se aplasta de golpe, el papel se estira de forma desigual y el cuadernillo queda con el canto en abanico. Conviene plegar contra una superficie lisa, con el pliego apoyado y no en el aire, y comprobar que las esquinas coinciden antes de pasar la plegadera a lo largo del lomo.

Una vez plegados, los cuadernillos se apilan en el orden definitivo y se marca el lomo en diagonal con un lápiz blando: esa línea oblicua atraviesa todos los lomos y avisa al instante si un cuadernillo se ha colocado del revés o fuera de sitio. Es una comprobación de treinta segundos que evita descoser un libro entero.

Comprobaciones antes de perforar

Antes de abrir los agujeros de costura conviene asegurarse de que el bloque está igualado por la cabeza, no por el pie ni por el corte delantero. La cabeza es el canto que el ojo lee como referencia cuando el libro está cerrado; cualquier desviación se nota ahí. Las diferencias en el corte delantero se corrigen después con la cuchilla.

  • Cuadernillos de cuatro o cinco pliegos para papeles de 80–100 g/m².
  • Cuadernillos de tres pliegos cuando el papel es grueso o muy satinado.
  • Marca diagonal a lápiz sobre los lomos para fijar el orden.
  • Igualado siempre por la cabeza del bloque.
  • Plegadera de hueso o de teflón; el metal marca y brilla el papel.
  • Guardas del mismo papel o algo más resistente que el interior.

La dirección de la fibra decide si el libro se abre bien o se abarquilla

El papel de máquina tiene una orientación dominante de sus fibras. Esa dirección debe ser siempre paralela al lomo, tanto en el interior como en las guardas y en el papel de recubrimiento de las tapas. Si la fibra corre perpendicular, el libro cruje al abrirse, las páginas se resisten a quedarse quietas y, en cuanto la cola aporta humedad, las tapas se curvan.

Comprobarla no requiere ningún instrumento. Una tira de papel se dobla suavemente en un sentido y luego en el otro sin llegar a marcar el pliegue: el doblez que ofrece menos resistencia sigue la fibra. Otra manera es humedecer ligeramente un recorte; se enrolla sobre el eje paralelo a las fibras. En papeles de fabricación artesanal, con las fibras repartidas en todas direcciones, el problema desaparece, y por eso son tan agradecidos en encuadernación.

El gramaje también cuenta. Un interior de 90 g/m² resulta cómodo de leer y sostiene bien la tinta; por debajo de 70 g/m² el texto de la página siguiente se transparenta y el cuadernillo pierde cuerpo. Las guardas suelen ir entre 120 y 160 g/m², suficientes para absorber la tensión entre bloque y tapa sin volverse rígidas. En España estos papeles se encuentran con facilidad en tiendas de bellas artes, que además suelen indicar la dirección de fibra en los pliegos grandes de formato 70 × 100 cm.

Manos perforando el lomo de un cuadernillo con un punzón antes de coser el bloque del libro
Perforación del lomo con punzón: los agujeros se abren de dentro hacia fuera, cuadernillo a cuadernillo.

Coser los cuadernillos: tensión, agujas y estaciones

La costura es lo que convierte una pila de papel en un bloque que aguanta la apertura repetida. Las estaciones —los puntos por donde entra la aguja— se trazan con una plantilla de cartón del alto exacto del cuadernillo, de modo que todos los lomos queden perforados igual. Cuatro o cinco estaciones bastan para un libro de tamaño corriente; las dos exteriores, llamadas de cabeza y pie, se sitúan a un centímetro escaso del canto.

El punzón se clava desde el interior del cuadernillo abierto sobre una superficie que ceda un poco, como un trozo de cartón grueso. Así los agujeros salen limpios y del diámetro justo: si son grandes, el hilo baila y la costura pierde firmeza.

El hilo de lino encerado es la opción más habitual, en grosor 18/3 o 25/3 según el tamaño. La tensión debe ser constante, firme pero sin arrugar el papel: un tirón excesivo rasga el doblez, y una costura floja deja el lomo con juego. Al terminar cada cuadernillo se aprieta con la mano hacia el lomo antes de pasar al siguiente, y el grosor final se comprueba comparando lomo y corte delantero, que deberían diferenciarse poco.

Hay dos grandes familias: la costura sobre soportes —cintas o nervios de cordel que luego se anclan a las tapas— y la costura sin soportes, en la que los cuadernillos se enlazan entre sí y el lomo se refuerza con cola y tela.

Rústica y tapa dura: dos soluciones para el mismo bloque

En la encuadernación en rústica, la cubierta es flexible y va pegada directamente al lomo del bloque; no hay cartones ni bisagra construida. El libro pesa poco, se abre plano con facilidad si la costura lo permite y resulta barato de producir, pero la cubierta soporta ella sola todos los golpes y acaba doblándose en las esquinas.

La tapa dura funciona de otro modo: las tapas se fabrican aparte, con cartón y un material de recubrimiento, y el bloque se une a ellas mediante las guardas y, si las hay, los soportes de costura. Entre el cartón y el lomo queda un espacio deliberado, la bisagra o cajo, que permite que la tapa gire sin arrastrar las primeras páginas. Ese hueco es lo que hace que un libro de tapa dura envejezca mejor: el desgaste ocurre en la bisagra y no en el papel.

La diferencia práctica se nota en la reparación. Una rústica desprendida casi siempre obliga a rehacer el lomo entero; en una tapa dura suele bastar con sustituir la tela de la bisagra y volver a pegar las guardas, conservando el bloque original.

Lomo recto y lomo redondeado

El lomo cosido tiende a crecer por el hilo acumulado. Redondearlo con martillo repartiendo los cuadernillos en un arco suave, y formar después el cajo contra una prensa, reparte ese exceso y estabiliza el bloque. Un lomo recto es más sencillo de hacer y funciona bien en libros delgados; en bloques de más de dos centímetros, si no se redondea, el lomo se hunde hacia dentro con el uso y el corte delantero se abomba.

Costura copta y encuadernación japonesa: el lomo a la vista

La costura copta enlaza cada cuadernillo con el anterior mediante una cadeneta y fija directamente los cartones de las tapas en los extremos. No lleva lomo pegado, de modo que el libro se abre completamente plano y la costura queda visible. Es la estructura preferida para cuadernos de dibujo o de notas, donde importa poder escribir sobre la página abierta sin sujetarla. A cambio, el lomo desnudo deja pasar el polvo y la cadeneta sufre si el libro se transporta con frecuencia en una bolsa.

La encuadernación japonesa parte de un supuesto distinto: no hay cuadernillos, sino hojas sueltas —o pliegos doblados con el doblez hacia el corte delantero— que se perforan cerca del lomo y se cosen atravesando toda la pila. El resultado es firme y decorativo, pero el libro nunca abre del todo y se pierde un margen interior apreciable, por lo que conviene reservarla para textos con márgenes generosos, álbumes de fotografías o muestrarios.

Ambas técnicas comparten una ventaja para quien empieza: no dependen de una prensa ni de tiempos largos de secado, y los errores se ven mientras se cosen.

  • Copta: abre plana, costura visible, tapas cosidas al bloque.
  • Copta: hilo continuo; una rotura afecta a varios cuadernillos.
  • Japonesa: hojas sueltas, sin necesidad de plegar cuadernillos.
  • Japonesa: apertura limitada y margen interior sacrificado.
  • Las dos admiten tapas de cartón fino forradas o papel grueso.
  • Ninguna de las dos necesita cola en el lomo.

Fabricar las tapas: cartón, cajo y material de recubrimiento

Las tapas de un libro en cartoné se cortan de cartón gris compacto, normalmente de 2 a 3 mm según el formato y el peso del bloque. Se cortan algo mayores que el bloque para dejar ceja: entre 3 y 4 mm de sobrante por la cabeza, el pie y el corte delantero. Esa ceja protege el papel y define el aspecto del libro cerrado, de modo que la regularidad importa más que la medida exacta.

El material de recubrimiento se corta con un margen de unos 15 mm para las vueltas. Se encola, se coloca el cartón, se marca la separación del cajo y se doblan primero las esquinas y luego los cantos largos. Las esquinas pueden resolverse en inglete —corte diagonal— o dobladas en biblioteca; la primera es más limpia, la segunda más resistente al roce.

Los materiales habituales cubren un rango amplio: telas de encuadernación con refuerzo de papel, que no dejan pasar la cola; papeles decorados, más frágiles pero muy agradecidos en libros pequeños; y pieles, que exigen rebajar el canto para que las vueltas no abulten. La media pasta combina piel o tela en el lomo con papel en los planos, una solución antigua que concentra el material resistente donde más se usa.

Antes de forrar conviene comprobar la fibra del papel de recubrimiento: si no corre paralela al lomo, la tapa se curvará al secarse por mucho que se prense.

Colas: qué usar en el lomo, en las guardas y en el forro

Tres adhesivos cubren prácticamente todo el trabajo manual. El acetato de polivinilo neutro seca rápido, permanece flexible y es el habitual para el lomo y para pegar telas. El engrudo de almidón de trigo, cocido y colado, aporta un tiempo de trabajo largo, no aporta rigidez y se retira con agua, razón por la cual se emplea en papeles delicados y en intervenciones que deben poder deshacerse. La mezcla de ambos, en proporciones que suelen rondar mitad y mitad, combina el tiempo abierto del engrudo con la resistencia del acetato.

La cantidad es más determinante que la marca. Una capa fina y uniforme, aplicada con brocha desde el centro hacia los bordes, evita arrugas y burbujas; el exceso atraviesa el papel y produce manchas que aparecen al secar. Todo lo encolado debe entrar bajo peso o en prensa, con papel secante o papel siliconado entre las piezas para que la humedad salga sin pegar lo que no toca.

Conviene dejar fuera del taller los adhesivos de contacto, las colas termofusibles de pistola y la cinta adhesiva transparente: se vuelven quebradizos, amarillean y dejan residuos imposibles de retirar sin dañar el papel.

  • Acetato de polivinilo neutro: lomo, telas, montaje de tapas.
  • Engrudo de almidón: papeles finos, reparaciones reversibles.
  • Mezcla: más tiempo de colocación con buena adherencia.
  • Brocha plana y capa fina; nunca cargar el centro del lomo.
  • Papel siliconado entre piezas encoladas y prensa.
  • Evitar cinta adhesiva y pistola de silicona en cualquier libro.

Refilado, alisado y estampación sencilla

El refilado iguala los tres cantos que no son el lomo. Sin guillotina, se resuelve con cuchilla afilada y regla metálica, cortando el bloque prensado entre dos tablas que sirvan de guía, siempre en varias pasadas ligeras: forzar la cuchilla produce un corte ondulado y desafila el filo en un momento. Un bloque cosido tolera bien que se retiren dos o tres milímetros; más allá se pierde margen y el texto queda descentrado.

El alisado con plegadera repasa los cantos, las vueltas y sobre todo la unión entre bisagra y guardas, donde suele quedar aire. Se pasa con una hoja de papel limpio interpuesta para no brillar el material. En libros forrados en tela, el mismo gesto asienta el tejido sobre el cartón y marca el cajo con nitidez.

Gofrado y estampación con lámina

La estampación más sencilla es el gofrado en seco: un tipo o una plancha calientes se aplican sobre la tapa con presión y dejan la marca hundida, sin color. Funciona bien en telas mate, papeles gruesos y pieles finas. Si se busca un trazo metálico, se interpone una lámina de transferencia y se ajustan temperatura, presión y tiempo hasta que suelte limpiamente; los tres parámetros dependen del material, de modo que la única vía razonable es probar antes sobre un recorte del mismo forro. En un taller doméstico se puede empezar con tipos sueltos y un mango portatipos, sin necesidad de prensa de dorar.

Reparar libros dañados sin empeorar el problema

Antes de intervenir conviene mirar qué ha fallado. No es lo mismo un bloque cosido que se ha soltado de las tapas, una rústica cuyo lomo encolado se ha cuarteado, o un papel roto por manipulación. En los tres casos la regla es la misma: intervenir lo mínimo, usar materiales compatibles y no hacer nada que impida una reparación futura.

Los desgarros de página se refuerzan con papel japonés fino y engrudo de almidón, aplicado en una tira estrecha que siga la línea del roto. El papel japonés es translúcido, apenas engorda y se retira con humedad. Una bisagra rota se repara abriendo las guardas, limpiando los restos del lomo y añadiendo una tira de tela fina que ancle el bloque a las tapas.

Cuando el libro tiene valor histórico, es material de archivo o presenta moho, deterioro extendido o encuadernaciones originales relevantes, lo sensato es no tocarlo y consultar a un profesional de la conservación. Muchas bibliotecas públicas y archivos en España pueden orientar sobre a quién dirigirse.

  • Fotografiar el libro antes de desmontar nada.
  • Limpieza en seco con brocha suave antes de encolar.
  • Papel japonés y engrudo para roturas de página.
  • Tela fina de lino para reconstruir bisagras.
  • Nada de cinta adhesiva, ni siquiera provisionalmente.
  • Secado siempre bajo peso, con secante entre las hojas tratadas.

Equipamiento básico para empezar en casa

Un taller de encuadernación cabe en un cajón y en un rincón de mesa. Lo primero es una superficie plana y estable, buena luz y sitio para dejar secar. El resto se compra poco a poco: casi todas las herramientas duran décadas y muchas se sustituyen provisionalmente por objetos corrientes, con la excepción de la plegadera y de una cuchilla que corte de verdad.

La prensa es la herramienta que más se echa de menos y la más fácil de improvisar: dos tablas de madera contrachapada bien planas, cuatro sargentos y unos cuantos libros pesados hacen el trabajo en la mayoría de los casos.

  • Plegadera de hueso o teflón.
  • Cuchilla con hojas de recambio y regla metálica larga.
  • Base de corte y escuadra.
  • Punzón fino y agujas de encuadernador.
  • Hilo de lino encerado 18/3 y 25/3.
  • Brochas planas de cerda para cola y engrudo.
  • Dos tablas y sargentos como prensa improvisada.
  • Cartón gris de 2–3 mm y tela de encuadernación.
  • Papel siliconado y papel secante.
  • Martillo de cabeza ancha para redondear el lomo.

Qué se publica en Gerogi

Los materiales del proyecto se organizan en torno a las fases reales del trabajo, tal y como aparecen en esta página: preparación del papel y del bloque, costura, montaje de tapas, acabados y reparación. Cada apartado se escribe pensando en quien tiene el libro delante y necesita decidir algo concreto —qué gramaje usar, cuántas estaciones abrir, cuándo redondear el lomo— más que en una descripción histórica de los oficios.

Las notas se revisan cuando la práctica desmiente algo o cuando una explicación resulta confusa. No se publican listas de proveedores, precios ni recomendaciones de marcas, y tampoco hay fichas de producto: la intención es que el texto siga siendo útil aunque cambien los materiales disponibles en cada momento.

  • Plegado, ordenación del bloque y guardas.
  • Fibra del papel, gramajes y formatos.
  • Costuras sobre soportes y sin soportes.
  • Rústica, cartoné, media pasta.
  • Costura copta y encuadernación japonesa.
  • Adhesivos y tiempos de secado.
  • Refilado, alisado, gofrado y estampación.
  • Reparaciones sencillas y sus límites.

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Gerogi se mantiene como publicación independiente y no ofrece servicios de encuadernación ni venta de materiales. Si detectas un error, echas en falta una explicación o quieres comentar algo sobre un texto concreto, el correo es el único canal del proyecto: [email protected].

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